Te prometí que hoy te contaría mis conclusiones… así que allá voy. (Sino sabes de que te estoy hablando, lee el email de ayer, y si eres un nuevo suscriptor, pídemelo que te lo envío en un momento).
Desde que empecé a meditar a diario, me he vuelto una gran observadora. Y muchas veces, como el otro día tomándome mi capuchino, llaman poderosamente mi atención situaciones extrañas, cosas y personas fuera de lugar. Y siempre siempre, hay un mensaje para mi.
Como la poderosa frase que me regaló ayer el caballero del DeLorian.
Cuánto más reflexiono en ella, más sentido tiene. Porque cuando dejamos de hacer, de intervenir, de estar interpretando constantemente un papel… pasan cosas. No cosas estruendosas ni necesariamente visibles, pero sí cosas que remueven por dentro y te hacen sentir más despierto.
Aquí te cuento algunas de las que yo misma he sentido cuando, por fin, he decidido sentarme en la butaca de espectadora de mi vida:
- Mayor claridad y comprensión: Al no estar todo el rato reaccionando, he empezado a ver mis patrones con más nitidez. Es como si se encendiera una luz que revela lo que antes estaba escondido en sombra.
- Sincronicidades: Aparecen más señales. Encuentros casuales que no son tan casuales. Frases que llegan en el momento exacto. Todo parece tener un orden secreto.
- Paz interior: Dejas de empujar y la vida deja de empujarte. Hay una calma nueva, como si algo dentro hiciera clic y por fin te dejaras llevar.
- Intuición más activa: Baja el volumen del ruido mental y entonces sí: esa voz interna, suave pero certera, empieza a hablar más claro. Ya no necesitas tanto pensar. Sabes.
- Desidentificación del ego: Cuando dejas de actuar, dejas también de creer que eres ese personaje que interpretas. Ya no eres “la que sufre”, “la que espera”, “la que tiene que hacer algo”. Eres algo más grande que todo eso.
- Sensación de conexión: Como si te enchufaras a algo inmenso. A veces es con la naturaleza. Otras, con la música, con una conversación, con alguien a quien ni conoces pero que, por alguna razón, te hace sentir en casa.
En resumen: cuando dejas de correr para controlar la escena, la vida se vuelve un espectáculo más hermoso… y mucho más sincero.
Así que hoy te invito a eso: a bajarte del escenario por un momento, quitarte el disfraz, y mirar. Solo mirar. A ti, a los demás, a lo que ocurre cuando no haces nada.
Quién sabe… igual también escuchas una frase que te cambie por dentro mientras tomas un capuchino.
Un besico,
Carmen