Preguntas con poder (del bueno)

Ayer te hablé de las preguntas de mierda. Esas que todos nos hemos hecho alguna vez (y si dices que no, te estás autoengañando):

¿Por qué a mí?

¿Por qué siempre me pasa lo mismo?

¿Seré gafe?

¿Tengo una nube negra encima o qué?

Pues bien, hoy vengo a contarte cómo cambié mi diálogo interno dramático de telenovela venezolana por uno más digno de una coach con dos dedos de frente (y muchas heridas sanadas a base de autoindagar, llorar, escribir y volver a empezar).

Cuando empecé a hacerme preguntas diferentes, mi vida cambió.

No porque desaparecieran los problemas, sino porque empecé a entender qué quería la vida enseñarme con ellos. Porque sí, a veces lo que parece una puñalada trapera es simplemente un empujoncito disfrazado de caos.

Te dejo mis tres preguntas favoritas. Las que uso cuando me quiero tirar al suelo a llorar, pero en vez de eso me siento a respirar hondo y pensar:

¿Para qué me está preparando esto?

No “¿por qué me pasa esto?”, sino “¿para qué?”.

Porque a lo mejor esto que duele, me está empujando a crecer, a soltar, a poner límites o a elegir de otra forma.

Y entonces, en vez de sentirme víctima, me siento aprendiz.

Y eso, amiga mía, cambia todo.

Sí, ya sé, es más cómodo echarle la culpa al jefe, al ex, al gobierno, al horóscopo o al Mercurio retrógrado.

Y desde ahí, puedo actuar, en vez de seguir reaccionando en bucle como un hamster emocional.

¿Qué parte de mí está contribuyendo a esta situación?

Pero hacerme esta pregunta me devuelve el poder. Me hace ver si estoy tolerando lo intolerable, si no estoy diciendo lo que necesito, si estoy repitiendo patrones antiguos…

¿Qué tengo miedo a perder si consigo mi objetivo?

Esta parece trampa, pero es oro puro.

Porque a veces queremos algo con todas nuestras fuerzas, pero inconscientemente nos da miedo conseguirlo.

Miedo a perder la aprobación de los demás, a que nos juzguen, a que la gente nos envidie, a dejar de pertenecer…

Y mientras no nos demos cuenta de ese miedo escondido, no avanzamos ni con GPS.

Estas tres preguntas son mi brújula cuando me pierdo.

Me conectan conmigo, me devuelven la paz y me hacen ver los problemas con otros ojos (más compasivos y menos dramáticos, que ya está bien de vivir en modo tragedia griega).

Haz la prueba.

La próxima vez que algo te remueva, en vez de hundirte en tus pensamientos automáticos, hazte una de estas tres preguntas.

Y luego me cuentas.

Un besico,

Carmen

P.D.: Si te ha removido algo este texto, compártelo con alguien que lo necesite. Y si quieres trabajarlo en serio, ya sabes dónde encontrarme: en sesiones individuales o en mi membresía. Pincha aquí para más información