Hoy vengo a hablar de la fe. Sí, sí, esa palabra que suena como muy de misa de domingo o de libro de autoayuda barato, pero que en realidad es el músculo más sexy de todo tu sistema de manifestación cuántica. Sin fe no hay magia, no hay manifestación, no hay nada. Punto. Puedes visualizar lo que te dé la gana, hacer afirmaciones hasta que te sangren los labios y colocar cuarzos por toda la casa, que si no tienes fe… estás haciendo origami energético con papel mojado.
No, no es creer “por si acaso”. Tampoco es repetir como papagayo “yo confío, yo confío” mientras por dentro estás sudando ansiedad. La fe real es una certeza interna, una sensación de “esto ya es mío”, aunque la realidad te esté gritando lo contrario en la cara con altavoces de reguetón a todo volumen.
Es el equivalente espiritual de pedir comida por Glovo y sentarte tranquila porque sabes que te va a llegar el sushi. No estás pensando “¿y si no viene?”, “¿y si el repartidor se enamora de otra clienta y abandona mi pedido por amor?”. No. Tú lo pides y esperas. Punto. Eso es fe.
Ah, amiga. Ahí es donde vengo yo, con mi bata de psicóloga cuántica y mi linterna metafísica, porque yo también estoy teniendo mis movidas con la fe últimamente. No te voy a mentir. No soy la gurú zen que se despierta todas las mañanas irradiando seguridad cósmica. A veces mi mente racional se sienta en mi pecho, con cara de funcionaria quemada, y me dice:
“¿Tú de verdad crees que eso va a pasar?”
Y yo: “Sí”.
Y ella: “JAJAJA”.
Y se va, dejándome un nudo en el estómago y unas ganas locas de comer galletas.
Así que sí, manifestar cuando no tienes fe es como intentar flotar en una piscina sin agua. Te das de bruces con el suelo. Pero aquí viene lo interesante: la fe se puede construir. No es un don místico reservado a los elegidos. Es un hábito, un estado, una forma de mirar el mundo que se puede entrenar. Como los glúteos. Pero sin sentadillas.
Si estás intentando manifestar el amor de tu vida, una casa con vistas al mar y 10.000 euros al mes… vale, maravilloso. Pero si tu fe está en números rojos, empieza con algo más manejable: un mensaje, una coincidencia bonita, una sensación de paz. Tu subconsciente necesita ver pruebas. Dale miguitas primero y luego ya le pides el pastel.
Haz memoria. ¿Cuántas veces han pasado cosas que parecían imposibles? ¿Cuántas veces la vida te sorprendió para bien? Escríbelas. Léelas. Vuelve a conectar con esa energía. La mente olvida lo mágico cuando está asustada. Recuérdale que lo imposible ya ha pasado antes.
No imagines lo que quieres como algo lejano o ajeno. Vívelo en tu cuerpo como si ya estuviera aquí. ¿Cómo caminarías si ya fueras esa versión de ti? ¿Cómo hablarías? ¿Qué decidirías hoy?
Nada mata la fe más rápido que contárselo a alguien que te mira como si te faltara un tornillo. La energía se contamina. Protégete. O al menos no le des munición a quienes no creen ni en ellos mismos.
Y sobre todo: acepta que a veces no vas a creer. Y no pasa nada. Hay días oscuros. Días grises. Días en los que te preguntas si todo esto no será un cuento chino. Está bien. Lo importante es no quedarte ahí. Llora, grita, escríbelo en tu diario con letras mayúsculas… pero luego vuelve. Porque si sigues volviendo, un día te das cuenta de que la fe estaba ahí. Quietecita. Esperando.
La fe no es algo que tengas o no tengas. Es algo que cultivas. Y si estás como yo, con días de “lo tengo clarísimo” y días de “ni de coña”, no te preocupes: estás entrenando el músculo. A veces con agujetas emocionales, sí. Pero entrenando.
Y no lo olvides: no necesitas tener fe perfecta para manifestar. Solo necesitas tener más fe que miedo. Y eso, cariño, ya es suficiente para mover montañas.
Un besico,
Carmen