Cuando no puedes con tu vida…pero sigues

No ando muy motivada estos días la verdad, y es un coñazo porque todo cuesta más. Levantarte de la cama, y cumplir con tus obligaciones cuesta demasiado cuando estás así.

El otro día le comentaba a una amiga que me siento como cuando tienes niños pequeños que no se quieren ir del parque y se enganchan a tus tobillos con todas sus fuerzas y apenas te dejan caminar.

Y hoy, más que entrar en las razones de por qué a veces no encontramos la motivación ni siquiera para hacer lo que nos gusta, quiero hablarte de lo más aburrido del mundo, pero que a mí me salva de estos días de no querer salir de la cama, comer comida basura y pegarme una maratón de Netflix.

Lo has adivinado ya? hoy quiero hablarte de la rutina.

La rutina, que a priori podría parecer desmotivadora por su repetición, su falta de novedad y ese rollo de “hacer lo mismo todos los días”, en realidad es nuestra mayor aliada en estos días grises. Siempre y cuando la rutina no sea un castigo, sino un refugio.

No hablo de una rutina rígida y autoexigente, sino de una estructura suave, amorosa, que te contenga cuando todo lo demás se tambalea. Esa serie de mini rituales que no requieren motivación, solo un poco de inercia: hacerte una infusión caliente nada más levantarte, escribir aunque sea tres líneas en tu diario, moverte aunque solo sean diez minutos, poner una playlist que te haga sentir que no estás sola.

Y lo mejor es que, cuando en tu rutina ya están integrados buenos hábitos como moverte un poco, comer más o menos bien, meditar o tener espacios para ti, no hay forma de estropear nada. No estás empezando de cero cada vez que flojeas.

Así que nada de castigarte si hoy no has dado el 100%. Que el 40% de un día cualquiera ya es muchísimo cuando estás en modo supervivencia.

La constancia no es hacerlo todo perfecto, es simplemente no abandonarte. Volver una y otra vez a ti.

Un besico,

Carmen